Alcohol
febrero 25, 2023
El problema del alcohol fue que comenzó a comerme por dentro. Muy bonita la euforia, mucho jijijí, jajajá, pero a qué costo. Eso que llaman La Cruda Moral®, que en mí siempre fue una tristeza y que no es más que un mecanismo de compensación de dopamina —o eso me hizo creer el Doctor Internet—, era, al principio, cosa de un par de horas al día siguiente. Con los años, ese horario se fue extendiendo: ya no eran un par de horas, sino medio día; luego, hasta a las 5 de la tarde; después, hasta a las 11 de la noche. Llegó un punto en que me duraba dos días y medio. Dos días y medio de depresión inducida por unas horas de euforia; no, gracias, no lo vale.
La razón principal por la que bebía, era porque me gustaba la sensación de que la plática se percibe más interesante de lo que en realidad es. Nunca bebí solo, nunca tuve alcohol en casa, ¿para qué, si no platicaría con nadie?
Luego estaba el problema de la memoria. Comencé a tener blackouts y no recordaba de qué habíamos platicado, qué hicimos, qué tan bien me la había pasado. Igual que la tristeza: al principio fue leve, pero con el tiempo sucedió que sólo recordaba flashazos de la reunión. ¿Qué caso tenía seguir haciéndolo si no recordaba nada?
También estaba el problema de la seguridad. Afortunadamente, me fue, digamos, no tan mal y no pasó de un par de extorsiones policíacas. La peorcita fue cuando me fueron a tirar en la entrada de un camino de terracería, allá a donde los narcos van a tirar cadáveres, pero sin golpearme, sin quitarme el teléfono y sin apretar las esposas para lastimarme. Me bailaron 100 pinches pesos, ni siquiera para la gasolina que gastaron en todo el paseo. No digo que fueran buenas personas, noup, sólo digo que, de los males, me tocó el menor. Tuve “suerte”.
Hace poco leí un tweet que decía “¿Y sí son tus amigos o sólo son compañeros de consumo?”. Sostengo que son sólo compañeros de consumo si la condición es que tenga que haber alcohol para que se vean y platiquen de cosas muy personales que no platicarían en la sobriedad. Esa es la trampa: la intimidad producto del alcohol se ve real, se siente profunda, parece sólida, pero si existe sólo mientras dura el efecto, puedes decir que son tus compas, y está bien, pero jamás que son tus amigos.
Sería una mentira enorme decir que todo lo que envuelve al alcohol es horrible. No va por ahí porque la verdad es que también tuve buenas pláticas antes de la ebriedad que sucedieron gracias al alcohol; también me eché mis buenas risas y fue el emoliente social en algunas fiestas y un desinhibidor interesante, para ambas partes, en oootras fiestas.
El detalle está en la delgada línea que hay entre el oye, esto se siente bien y el exceso; en el hábito de caer en el delicioso precipicio para sentir que valió la pena, que en verdad te divertiste.
Ahora tengo unas políticas muy sencillas para todo eso:
1.- Si el propósito de la reunión es embriagarse, no me interesa.
2.- Si es una reunión con alcohol, pero el propósito no es la peda y sé que no habrá presión social para que beba, jalo.
2a.- Si, además, habrá comida suculenta, súper jalo.
Dejar el alcohol fue la decisión correcta, pero desafortunadamente perdí años de mi vida haciendo nada, sin crear, sin aprender algo nuevo, sin conocer a personas interesantes con ideas nutritivas; dinero y tiempo preciosos en su mayoría tirados a la basura, persiguiendo un placer inmediato que, en el fondo, nunca fue satisfactorio.
Y lo más triste es que, habiendo mucho mejores drogas, me enfrasqué en la más pinche chafísima de todas; baratita, eso sí.
